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jueves, 30 de octubre de 2014

· LA LUNA ·

ASTRO DE LA NOCHE


En la Antigüedad fue, después del sol, la mayor de las divinidades celestiales: Selene y Artemisa en Grecia, Diana en Roma y Belisana entre los celtas eran los nombres con que se la adoraba. Tampoco en Egipto, Tiro o Persia faltaron divinidades de naturaleza lunar, como Isis, Astarté o Mylita. 

En el Corán, la luna, junto al sol, aparece como uno de los signos del poder. Y por ser la noche el tiempo más propicio y frecuente para alumbrar seres humanos y animales, la luna estuvo íntimamente relacionada con otras divinidades propias de estas circunstancias, como Ilitia y Lucina.

A la luna se la ha juzgado de manera un tanto ambigua, pues si bien por un lado es el símbolo de la fecundidad, por ser la divinidad que que producía la lluvia y el rocío, por otro, ya desde la Antigüedad, se le atribuía a un lado oscuro. En Mesopotamia, por ejemplo, a Sin, el dios lunar, se le consideraba responsable de enfermedades como la lepra, fiebres, hidropesía,etc., y en Grecia y Roma se la relacionó con las divinidades infernales y los rituales funerarios de Perséfone y Proserpina, respectivamente, por reinar sobre los muertos.

Más adelante, y como herencia del fuerte rechazo con que la juzgaba el cristianismo conforme este se iba imponiendo en suelo europeo, adquirió una fama nefasta: la luna era la diosa de la noche, momento propicio para que las brujas efectuasen sus maleficios y otros actos propios de su oficio y para que seres sobrenaturales se manifestasen.


Se decía que las manchas de la luna, aparte de configurar la imagen de una liebre, representaban también a un hombre cargado con un saco, el denominado "hombre de la luna", que según la tradición habría sufrido un castigo por haber cometido numerosísimas faltas y estaba condenado a morar solo en el satélite de la tierra, lo que servía de recordatorio a los humanos para que mantuviesen un comportamiento ejemplar. En el folclore de numerosas regiones españolas, al igual que en otras muchas del resto de Europa, también pervive la huella de que las manchas de la luna configuran la silueta de un ser fantástico; según otras variantes, en la superficie del astro se puede observar la forma de diferentes animales fantásticos.

El ciclo anual de la luna dio origen a un calendario basado en sus mutaciones que, por tener una duración diferente del solar, dio lugar a un ajuste considerado caótico para la naturaleza y que trasladado a la sociedad generó una larga serie de rituales de inversión y de ruptura que terminaron adquiriendo un carácter religioso-festivo; ya en la era cristiana se estableció que dicho período de desajuste quedara dispuesto como tiempo previo a la Cuaresma, lo que dio lugar a la implantación del carnaval y, por tanto, a la oficialización del caos.

Ya desde antiguo se sostuvo la hipótesis de que la influencia que la luna ejercía sobre los biorritmos humanos se basaba en una relación causa-efecto, y muchos científicos y médicos la defendieron con argumentaciones escrupulosas centradas sobre todo en la consideración de que el cuerpo humano era un microcosmos que contenía, en su debida proporción, todos los elementos que están presentes en el universo. 

(En la actualidad la influencia de la luna sobre el ser humano sigue siendo aceptada, aunque se esgrimen argumentos diferentes.) Por otro lado, es una creencia universalmente admitida que la filosofía de la mujer está en íntima relación con la luna, sobre todo por lo que respecta a la mestruación, que está estrechamente vinculada a las fases del astro hasta el punto de considerarla su consecuencia directa; también está muy extendida la teoría que relaciona la mayor intensidad del deseo sexual del hombre con las fases de la luna llena. En relación con este tipo de hipótesis se admite que la fase de cuarto creciente es indicada para la concepción o el alumbramiento de niños, mientras que la de cuarto menguante es idónea para engendrar o dar a luz niñas.

Es creencia generalmente admitida que las fases de la luna ejercen una influencia directa en el carácter de los recién nacidos, de modo que, por ejemplo, el cuarto menguante es el momento adverso para venir al mundo. Se considera que la luna, además, regula determinadas funciones psíquicas, como la memoria y la imaginación activa, y hasta gobierna las relaciones de simpatía o antipatía; influye en el llanto y en el humor, e incluso determina el descuido en materia de alimentación e higiene.

El resplandor que irradia el astro puede producir ceguera o causar la locura, de manera que se recomienda evitar exponer a los niños a la luz de la luna durante sus primeros meses de vida, ya que de lo contrario podrían quedar alunados (Andalucía, Canarias y Extremadura); en cualquier caso, y para contrarrestar este efecto, siempre es posible exponerlos de espaldas a la luna llena mientras se recitan ciertas oraciones. Es aconsejable adornar la cuna con alguna medalla o amuleto en forma de media luna (en Castilla y Galicia debe ser de azabache).

En fase de luna llena se deben tomar las debidas precauciones para evitar la aparición de ciertas afecciones, como hemorragias o dolores de cabeza intensos; también hay riesgo de caer cegado por su luz fría y llena de sombras (Murcia). En fase de cuarto menguante la sangre del cuerpo disminuye y como consecuencia de ello se pueden generar grandes males, cuya aparición hay que evitar tomando mucha agua o vino.

En toda cartilla rústica, o de "física visible", como figuraba en una de Diego de Torres Villarroel, se registraba siempre el tiempo apropiado de plantación de cada semilla o esqueje de planta o árbol, que debía coincidir con las distintas fases de la luna; en abril, por ejemplo, en fase de luna nueva se debía plantar el tabaco, la mejorana o las borrajas; durante la luna llena, el manzano, el perejil o el hinojo; en luna vieja, la zanahoria, la clavellina o el cardo. Por otro lado las frutas alcanzaban su sazón durante la luna llena.

Para que la carne y los embutidos del cerdo sean mejores, la matanza debe realizarse en luna creciente o mejor aún en la luna llena. Los animales que nacen durante la luna llena o en cuarto creciente serán fuertes y crecerán rápidamente.

En la meteorología popular la luna ha desempeñado un papel crucial, pues ha sido siempre la primera referencia a la hora de emitir un pronóstico: si la luna llena presenta círculos  negros o macilentos es señal de que lloverá; si los círculos son rojos, de que nevará copiosamente; si en su superficie se aprecian muchos círculos rojos, caerá granizo; si se observa una especie de cinta alrededor del astro, habrá viento; si la cara de la luna se muestra limpia, hará buen tiempo, etc. Igualmente la presencia de la luna es importante en numerosas prácticas de medicina popular.

Virgilio nos transmitió un calendario de días fastos y nefastos en relación a la luna estableciendo como punto de partida su plenitud, idea que tuvo una tremenda difusión durante la Edad Media, pues este tipo de obrillas se multiplicaron. Por último debemos registrar la creencia extendida de que en Nochebuena, para tener suerte el año que entra, se deben disparar dos tiros de fusil o escopeta apuntando a la luna.

martes, 28 de octubre de 2014

· LA VIEJA CULTURA DEL VINO ·

 
Hay un arbusto rastrero del género Vitis (orden de las ránnidas, subclase dialipétalas, clase dicotiledóneas, subtipo angiospermas y tipo fanerógamas) cuya raíz se hunde hasta 10 y 15 metros en el subsuelo buscando alimento. Ese arbusto da un fruto en forma de racimo y no necesita que los suelos sean especialmente ricos, ni el clima demasiado lluvioso, por la misma razón que, en su momento justo, un sol despiadado le sienta de maravilla a la hora de madurar esos granos dulces, jugosos y arracimados, pero que tienen una fastidiosa tendencia a echarse a perder si no son consumidos o tratados de inmediato.

Se trata, cómo no, de la vid, la viejísima, generosa y largamente conocida vid de cuyos frutos fermentados sale el vino. Y con él una cultura, una economía, una forma de entender la vida, como bien puede apreciarse con solo acercarse a las grandes zonas vitícolas de Burdeos, La Rioja, Ribera del Duero y tantas otras.
En el Génesis (9:20) se atribuye el invento del vino a Noé, al que se atribuye asimismo una cierta ignorancia acerca de las consecuencias de ingerir inmoderadamente un mosto que llevaba ya unos cuantos días prensado y filtrado (listo, pues, para adentrarse en el proceso de la fermentación). Todo hace pensar que esta, la capacidad de fermentar que tienen los jugos vegetales, es mucho más antigua de lo que la Biblia dice, y su "invención" no puede ser atribuida a nadie, por la misma razón que sería ocioso dilucidar si primero fue el vino o la cerveza, o si aún fueron descubiertas antes las bebidas hechas con frutos tropicales fermentados.

Los griegos desde luego lo conocían, salvo que se consideraba de mal gusto beberlo sin mezclarlo con agua, probablemente porque dados sus deficientes métodos de elaboración y conservación no era una bebida agradable de beber sola. Los romanos demostraron mayor destreza, sobre todo con sus famosos vinos falernianos, y fueron sembrando viñas allí donde se asentaron. Con la desaparición del Imperio romano y su sustitución por pueblos que apreciaban más la cerveza, el vino sufrió un bache que podría haber sido fatal de no haber sido por una circunstancia tan fortuita como feliz: en la comunión, era preceptivo que la transformación de la sangre de Cristo se hiciese a partir del vino, razón por la cual los monasterios se encargaron de cuidar las cepas y elaborar unos caldos que todavía hoy llevan el nombre de sus santos creadores.

El peor revés, sin embargo, fue la epidemiade la filoxera que se extendió por toda Europa en el siglo XIX y que no solo arrasó todos los viñedos continentales, sino que llegó incluso a lugares tan apartados como las islas Canarias y Madeira. Por fortuna, las cepas americanas demostraron ser inmunes a la plaga y, tras un rápido proceso de adaptación, el vino recuperó con todo derecho su lugar preeminente en las mejores mesas del mundo.

Gracias a tan larga y fecunda historia, cuando en la mesa la boca se inunda de la asombrosa variedad de aromas y matices que aporta un buen vino, el afortunado que sostiene en la mano una copa recién servida siente, por fuerza, un sentimiento de infinita gratitud por el arduo y sabio proceso de elebación sufrido por ese caldo antes de aparecer en la mesa. A oscuras, al abrigo del ruido y los cambios climáticos, el vino sufre un proceso de envejecimiento que ha necesitado siglos de pruebas y fracasos antes de convertirse en una exquisita técnica destinada a satisfacer los paladares más exigentes.

domingo, 26 de octubre de 2014

· SUPERSTICIONES ·


Qué conocemos por mitos y leyendas. ¿Acaso se tratan de puras invenciones de nuestros antepasados?. ¿Fantasías de personas cuyas mentes no alcanzaban comprender lo que hoy conocemos por ciencia o, quizás lo que nos transmitieron no era tan mitológico como creemos?.
Cada día más evidencias demuestran que nuestros antepasados no eran tan limitados como creemos, sino mucho más observadores que nosotros y por una razón obvia... no existía ningún otro medio de entretenimiento.

A continuación, numeraré los ejemplos de mitos y supersticiones más comunes entre la población:

1. Gato negro: Aunque en Egipto se creía que el gato era la reencarnación de los dioses, siglos después, la Iglesia Católica lo consideró como la reencarnación del diablo, por lo que eran quemados. El negro se identificaba con el diablo por ser el color de la noche. En casi toda Europa y en Norteamérica se cree que un gato negro trae mala suerte si se aleja de ti, pero buena suerte si camina hacia ti.


2. Herradura: Según los griegos, el hierro (en forma de media luna) protegía de los hechizos, así que la herradura colocada en la puerta impedía la entrada de las brujas y del mal. Tradicionalmente se creía que las herraduras que otorgaban más suerte eran las de los borricos, porque tienen siete agujeros, un número mágico por excelencia.

3. Cuadro torcido o que cae de la pared: Esta idea tiene su origen en la Grecia clásica, donde se creía que si el retrato de un monarca o una celebridad caía al suelo, sufriendo serios daños, significaba que iba a morir en poco tiempo.

4. Escupir: Se cree que escupir evita males. Plinio dejó escrito en su historia natural: "es sorprendente, aunque fácilmente comprobable, que si alguien ha sido golpeado y se escupe enseguida en la palma de la mano del agresor, el dolor de la víctima se alivia al momento. Algunos incrementan la fuerza de sus golpes escupiendo en sus manos antes de realizar cualquier esfuerzo". Se dice también que con esa fuerza se podía golpear mejor al Diablo.

5. Encender tres cigarros con la misma cerilla:  Se cree que en una guerra (no se sabe con precisión cual, y en ocasiones se habla de la Primera Guerra Mundial, en otras de la Guerra Civil Española...) tres soldados encendieron sus cigarrillos con la misma cerilla y el enemigo vio la llama del primero, apuntó en la del segundo y disparó sobre el tercero.

6. Sombrero: Poner un sombrero encima de la cama es presagio, en España e Italia, de que algo malo va a ocurrir. Esta superstición tiene otro significado: que se te quedará la mente en blanco. Esta creencia viene probablemente del simbolismo del sombrero, que representa la cabeza y los pensamientos y es símbolo de identificación personal.

7. Derramar la sal: Su origen data del año 3.500 a.C. Ya entonces se creía que la sal era incorruptible, razón por la cual se convirtió en símbolo de amistad. De ahí la creencia de que si se tira, la amistad se romperá. Para contrarrestar ese supuesto efecto maldito, se debe echar una pizca de la sal derramada sobre el hombro izquierdo.

8. Romper un espejo: Se dice que ocasiona siete años de maldición. El espejo era un elemento mágico de adivinación, por lo que si se rompía, era para no mostrar una imagen aterradora del futuro. Siete años es el tiempo que, supuestamente, tardaba en renovarse un cuerpo.

9. Apagar las velas de un solo soplido: Fue en la Baja Edad Media alemana donde surgió la idea de colocar en las tartas de cumpleaños tantas velas como años cumplían los niños más una. Para dejar atrás los años cumplidos y pasar a los siguientes, se debían apagar todas las velas de un solo soplido.

10. Decir "salud" o "Jesús" cuando alguien estornuda:  Se debe a que el estornudo era el principio de muy diversas enfermedades y por eso se pedía a Dios que apartase el peligro de cualquier infección. También se dice que era para evitar que entrara el demonio a través de la boca.

11. Trébol de cuatro hojas: Es un símbolo sagrado para los druidas de las Islas Británicas, que ya en el año 200 a.C. pensaban que con él se podía ver a los demonios. Según la leyenda, cuando Eva fue expulsada del Paraíso se llevo un trébol de cuatro hojas; por eso, desde entonces, se cree que da suerte.

12. Pata de conejo: Su origen está en la antigua creencia de que cada pueblo descendía de un animal, que no podía ser cazado ni comido. Seguramente, los celtas nos trajeron la creencia de que el nuestro era el conejo. Seis siglos antes de Cristo ya era utilizada como amuleto para alejar el mal. Además, la pata de conejo era también un símbolo fálico capaz de hacer fértiles a las mujeres.

13. Pasar por debajo de una escalera: Es por el triágulo que forma ésta con la pared. Antiguamente se pensaba que todos los triángulos eran un símbolo sagrado, tanto las pirámides como la trilogía de la Santísima Trinidad y, por lo tanto, era un sacrilegio pasar bajo ese arco. Se cree que, una vez que se había pasado, el mal se conjuraba cruzando los dedos, escupiendo una vez bajo la escalera o tres veces después de cruzarla. También se relaciona esta superstición con el patíbulo: siempre había que usar una escalera de mano para colocar la soga y también para retirar el cadáver: la muerte y la escalera iban siempre muy unidas. Otra creencia proviene de los cuadros de la crucifixión, en los cuales figuraba una escalera bajo la cual Lucifer veía con furia cómo Jesús moría para salvar a la humanidad. De ahí la costumbre de santiguarse para preservarse de las furias del Diablo o ahuyentar el peligro.

14. Colocar el pan boca abajo en la mesa o dejarlo caer al suelo: El pan es un alimento básico. Por ello han sido varias las supersticiones que ha generado en su forma de hacerlo, cortarlo, comerlo y ofrecérselo a los demás. Ponerlo boca abajo se supone que traerá mala suerte por tratarse en realidad de una ofensa al cuerpo de Cristo; asimismo, cuando se caiga al suelo es costumbre besarlo y hacer tres cruces para alejar las desgracias.

15. Derramar el vino: Cuando viertes el vino en la mesa debes aplicarte en seguida un poco del mismo sobre la frente para atraer la buena suerte; si se trata de champán tienes que tocarlo entonces con la punta de los dedos y dártelo sobre el lóbulo de la oreja para conseguir una felicidad eterna. La causa de esta creencia puede ser que el inicio del feto es el lóbulo de la oreja. Por ese motivo, al empaparlo en champán estás deseando que tu vida se vea rodeada de toda clase de felicidad y dicha. Esta bebida espumosa también se suele romper contra los barcos en su botadura para desearles con este gesto buena suerte en su travesía.

16. Tijeras: Este instrumento debe permanecer cerrado mientras no se usa porque atrae la mala suerte. Si se cae al suelo y queda con las puntas abiertas apuntando hacia ti, recógelo y echa sal por encima del hombro izquierdo para ahuyentar los malos espíritus. En Grecia se creía que la moira Atropos cortaba con las tijeras el hilo de la vida, así que de alguna forma los objetos cortantes dirigen el destino y son símbolo de muerte repentina.

17. Tocar madera: Un posible origen tiene que ver con los trozos que se conservaron de la Santa Cruz. Otro, proviene de Estados Unidos, donde hace 4.000 años los indios veneraban al roble como la morada de los dioses. Este material simboliza también la protección maternal y aleja el peligro.

18. Poner la cama con los pies hacia la puerta: Viene del dicho popular: "los muertos salen siempre de la casa con los pies por delante".

19. Empezar el día con el pie izquierdo: Ya Petronio aludía en el "Satiricón" a la mala suerte de entrar en un lugar con el pie izquierdo. En España puede tener su origen en la tradición celta y en el movimiento solar, siempre hacia la derecha. El efecto negativo se elimina al santiguarse tres veces.

20. Martes y 13: La maldición del número trece tiene su origen en la última cena de Jesucristo con los doce apóstoles, en la que fue delatado. Se cree que si se sientan a comer trece personas en una misma mesa, una de ellas morirá antes de un año. El día de la semana varia: en España, México y Grecia se teme al martes y trece; y en los países anglosajones al viernes y trece, porque en viernes fue crucificado Jesús.

21. El día de la boda, llevar algo prestado, algo nuevo, algo azul y algo viejo: No se sabe cuándo comenzó la costumbre de que la novia, el día de su boda, llevara "algo viejo, algo nuevo, algo prestado y algo azul". Algo prestado representa el presente, algo viejo el pasado, algo nuevo el futuro y algo azul simboliza la pureza.

22. Que el novio vea a la novia antes de la ceremonia o que esta se mire al espejo: Antiguamente se consideraba que hacer cualquiera de estas dos cosas era sinónimo de adelantar acontecimientos positivos que quedarían así "gafados". Otra explicación es que la novia no podía mirarse en el espejo antes de celebrarse el matrimonio si estaba completamente ataviada, porque se proyecta su imagen de ésta antes de estar casada y esto podía hacer que los dioses pusieran en duda su derecho a contraer matrimonio. Si desea ver su aspecto, deberá dejar sin ponerse los guantes o alguna otra prenda.

23. Besarse los novios al final de la ceremonia: El beso era el símbolo de la consumación del matrimonio. En la Antigüedad, los contrayentes hacían el amor públicamente para consumarlo.

24. Arrojar arroz en un a boda: Antiguamente se tiraban trocitos de dulce a la novia, como símbolo de felicidad y de fertilidad. Pero en la época de vacas flacas se les tiraba trigo o arroz, ya que era bastante más barato.


25. Entrar en el nuevo hogar alzando a la novia: Se cree que con este gesto se protegía a la novia de los hechizos, además de evitarle que fortuitamente tropezara al pasar la barrera del mundo exterior al interior e íntimo del hogar, símbolo de mal agüero; y por otro, para que no perdiese la virginidad por obra de la tierra en vez de por su marido.


26. Ir de luna de miel: El viaje postnupcial proviene de la huida que en tiempos de Atila, rey de los Hunos, seguía al rapto y matrimonio de la hija, y se llama así por la costumbre de que los novios bebieran un brebaje durante el viaje que contenía vino y miel.


27. Abrir el paraguas bajo techo: La primera noticia que se tiene de esta creencia data del siglo XVIII en Inglaterra, donde creían que daba mala suerte por la negatividad que existía entre el paraguas y la casa, ya que ésta protege a sus habitantes y no tolera ninguna protección adicional. Si alguien lo abría sobre su cabeza, supuestamente esa persona moría antes de que acabase el año.

28. Perejil: En la Antigua Grecia el perejil estaba considerado como una planta sagrada que simbolizaba el triunfo y la resurrección. Llevados por esta creencia, los griegos adornaban las tumbas con coronas de perejil.

29. Taparse la boca al bostezar: Proviene de la costumbre de hacer la señal de la cruz sobre la boca abierta, para evitar que se metiera el demonio, debido al dicho popular: "por puerta abierta, el Diablo se cuela". También se pensaba que en una de esas exhalaciones se podía escapar el alma."


30. Cruzar los dedos: Antes de la era cristiana, existía la costumbre que dos personas enlazaran sus dedos indices formando una cruz para expresar un deseo; una apoyaba a la otra mentalmente para que éste se cumpliera. La cruz, en la era precristiana, siempre ha sido el símbolo de la perfección y en su unión residían los espíritus benéficos. La costumbre se ha ido simplificando hasta nuestros días, donde se da por valido con cruzar dos dedos de una mano.

31. Poner la escoba al revés detrás de la puerta: En realidad, en relación a esta superstición, no podemos hablar realmente de buena o mala suerte. A las brujas siempre se las ha descrito subidas en una escoba para acudir a los aquelarres; de ahí que antiguamente se creyera que colocando una escoba a las puertas de una casa donde se sospechaba que había entrado una, ésta no resistiría la tentación de cogerla y salir volando. Así, si llega una visita molesta, hay que colocar una escoba invertida detrás de una puerta y el inoportuno abandonará tu casa.

32. Llevar una escoba usada al cambiarse de casa: No se deberá llevar una escoba usada al cambiarse de casa, ya que el hacerlo atraerá la mala suerte y traerás con ella las desgracias del hogar anterior.

33. Barrer los pies de una soltera o una viuda: Esto quería decir que no se casarían. Tiene también que ver con las brujas y sus vehículos preferidos para asistir a los aquerrales: las escobas.

34. Cáctus: Una creencia popular afirma que esta planta aleja el mal de la casa. Su gran capacidad para absorber la humedad del ambiente lo convierte en un poderoso protector contra los espíritus malignos, que necesitan la humedad para desarrollarse. La costumbre de colocar cáctus en las puertas y ventanas, observada en toda la cuenca mediterránea europea y asiática, proviene de la creencia que si los espíritus encuentran agua a su paso, pueden ahogarse al cruzarla y quedar así retenidos en ese sitio.

35. Tocar la joroba de un jorobado: Asegura un éxito en breve plazo.

36. Rata: A este animal siempre se le han atribuido malos augurios. Sin embargo, esta idea sólo tiene que ver con la coincidencia de la aparición de plagas de estos roedores con desastres históricos como la peste bubónica.

37. Pestaña caída: El Diablo colecciona pestañas y, según la tradición, perder una significa correr toda clase de peligros. Así que si se te cae, colócala en el dorso de la mano y lánzala por encima del hombro o sitúala en la punta de la nariz, sopla para que salte y pide un deseo.

38. Sentir un zumbido de oídos: Cuando te silban los oídos pide a alguien que te diga un número. La letra del alfabeto correspondiente a dicho número será la primera del nombre de la persona con la que esperas casarte. "El izquierdo para el amor y el derecho para el rencor". Si te pellizcas inmediatamente el oído derecho cuando éste te silba, la persona que te está criticando se morderá la lengua.


39. Tirar monedas a un pozo o una fuente: Viene del antiguo rito adivinatorio de arrojar alfileres o piedras a un pozo, con el fin de saber si un hecho se iba a cumplir o no. Si al caer salían burbujas, significaba que lo que se había solicitado se llegaría a cumplir.

40. Mal de ojo: Tradicionalmente se ha creído que al reflejarse en la pupila de un ojo, podíamos quedar atrapados por ella. Por esto, desde la antigua roma hasta la edad media, aquellas personas que tenían cataratas u otro defecto visual, a menudo eran sacrificdas en la hoguera. Grecia, Turquía y Egipto tiene muy extendida la creencia de que existen personas con poderes maléficos en la mirada; incluso, aunque sea de forma inconsciente pueden hacer daño si clavan sus ojos en algo. Antiguamente se atribuía al mal de ojo enfermedades de origen desconocido. Lo echaban las brujas, los gitanos, los gafes y los bizcos y afectaba a los niños. Para protegerse hay que llevar ajos, oro y plata, ojos de cristal azul y herraduras.

miércoles, 10 de septiembre de 2014

· EUROPA MEDITERRÁNEA ·


Mapa del Mediterráneo, siglo XIV.

Desde el punto de vista de la historia de la Tierra, el Mediterráneo es fruto de la llamada orogénesis alpina, que también dio origen a los Alpes y a los Pirineos y que fue el resultado del acercamiento, durante el cenozoico, de las placas de Eurasia y África. El Mediterráneo formaba parte del antiguo mar de Tetis, que separaba África de Eurasia y entre cuyos supervivientes, y por tanto hermanos del Mediterráneo, se cuentan el mar Negro, el mar de Aral y el mar Caspio.

Los cambios ocurridos en el mar Mediterráneo desde su primitiva aparición son incontables, hasta el extremo de que ha habido épocas en que dejó de existir, es decir, llegó a desecarse. Se ha de tener en cuenta que la única salida natural del Mediterráneo es a través del estrecho de Gibraltar, que tiene apenas 14 kilómetros de anchura y por lo tanto ha estado expuesto a numerosos accidentes y cambios de acuerdo con los movimientos de las placas tectónicas de lo que hoy llamamos África y Europa. Sin ir más lejos, las islas de Mallorca, Menorca e Ibiza son un ejemplo vivo de tales vicisitudes, y a través del estudio arqueológico de su fauna y de su flora, los científicos han sido capaces de reconstruir a lo largo del tiempo (al menos en parte) una circulación de animales y plantas de unas islas a otras y desde estas a la península. La presencia de determinadas plantas y animales no hubiera sido posible de no haberse dado épocas en las que los traslados entre islas o desde la península podían efectuarse a pie. Pero otro tanto podría decirse de las restantes islas y penínsulas de todo el arco mediterráneo.

El nexo de unión entre el mundo físico llamado Mediterráneo y el espacio histórico-espiritual del que surgió la cultura europea es solo, a su vez, otro mundo dentro de Europa. Se trata cómo no, del mar Mediterráneo, cuyos 2.505.000 kilómetros cuadrados de superficie limitan con Europa, al norte; África, al sur; y Asia, al este. Como queda dicho, hacia el oeste comunica con el océano Atlántico a través del estrecho de Gibraltar, mientras que desde principios del siglo XX existe una salida artificial hacia el mar Rojo mediante el canal de Suez. Esa apertura o intercomunicación entre dos mares (Mediterráneo y Rojo) no tiene ninguna influencia física porque la circulación de agua -y por lo tanto de microorganismos y plantas- es ínfima, pero en cambio sí ha tenido una gran importancia económica y política.

Tanto el templo como las mansiones nobles de esta población croata en Istria denotan un origen inequívocamente veneciano. Por si ello fuera fuera poco, su nombre actual, Rovinj, apenas consigue disimular la denominación italiana cuando era un puerto comercial muy atractivo, Rovigno.

Siempre desde el punto de vista de la configuración física también pueden distinguirse dos grandes cuencas, la occidental y la oriental, cuya frontera estaría delimitada por el canal de Sicilia que une los 150 kilómetros que separan la isla italiana de las costas africanas de Tunicia. Asimismo, una aproximación a los fondos marinos del Mediterráneo nos permite delimitar varias cuencas secundarias, las más importantes de las cuales serían, en la zona occidental, el mar de Alborán, el mar de las Baleares, el mar de Liguria y el mar Adriático, y el mar Egeo, el cual comunica con el mar de Mármara y el mar Negro a través del estrecho de los Dardanelos y del Bósforo, en Turquía.

Desde otro punto de vista diametralmente opuesto, y ententida como región histórica y natural, la Europa mediterránea es, antes que nada, un ideal. Una seña de identidad que vincula a millones de personas con un proceso histórico cuyo desarrollo ha costado siglos de incertidumbres y que ha requerido las vidas de innumerables generaciones. A lo largo de dicho proceso cada país ribereño ha procurado conservar su identidad, o ha legado para la posteridad el recuerdo de su singularidad en época heroica.

El resultado, esa entidad a la que llamamos Mediterráneo, es un espacio común nítidamente delimitado y que, no obstante su extraordinaria diversidad, ha dado a la civilización de Occidente rasgos y valores tan significativos como la democracia ateniense, el derecho romano o el concepto del hombre como centro y eje del universo. Cada uno de esos rasgos o conceptos civilizadores esconde a su vez un proceso histórico y una acción colectiva extraordinariamente compleja y azarosa, aunque por ello mismo tanto más meritoria. Si Grecia puso los fundamentos, Roma impulsó un momento de plenitud a lo largo del cual contar la historia del Mediterráneo era contar la historia del mundo conocido, aparte de haber desarrollado una lengua como el latín que iba a servir de vehículo de transmisión del saber entre las elites ilustradas hasta los siglos XVI y XVII. Y qué decir del Renacimiento, responsable de una reducción del universo a escala humana y que, además de haber dado a luz obras de arte de una belleza insuperable, todavía hoy rige los criterios morales e intelectuales de la civilización occidental.

Allí donde se dirija la mirada surgen infinidad de rasgos y matices que hablan por sí mismos de la extraordinaria riqueza cromática, formal y humana que bulle detrás del gran enunciado al que llamamos Mediterráneo. En él se mezclan, con un desorden no tan aleatorio como parece a primera vista, las huellas dejadas por la relación de los hombres con sus dioses y plasmadas en unas obras religiosas de gran belleza, pero también en celebraciones, fiestas y ritos que siguen celebrándose hoy como hace centenares de años; cabe asimismo resaltar la íntima adecuación del paisaje a las necesidades humanas, al menos hasta que la revolución industrial ofreció unas posibilidades entonces desconocidas y que muchas veces han jugado en contra de los usos y las costumbres tradicionales, los materiales locales y los gustos y las modas imperantes en cada lugar. A pesar de lo cual, la vitalidad arquitectónica y constructiva popular, fruto de un conocimiento y una sabiduría ancestrales, todavía domina el paisaje mediterráneo y permite hablar de un estilo propio, como bien pueden comprobar los millones de turistas que cada año invaden las islas Baleares, Sicilia, la costa de Dálmata o Grecia. También cabe añadir la exótica aparición de otras formas de vida ya en las fronteras asiáticas, unas manifestaciones étnicas y culturales que Europa acabará absorbiendo, como en el pasado supo integrar a las sucesivas oleadas de pueblos procedentes de Oriente. Todo ello solo para avanzar un vislumbre de la extraordinaria variedad cromática, paisajística o humana que encierra el Mediterráneo y que está en situación de ofrecer a sus visitantes con toda naturalidad.

ARQUITECTURA RELIGIOSA

El legado religioso mediterráneo es de una extraordinaria riqueza y variedad, aunque lo mismo podría decirse del restante patrimonio europeo en su conjunto, ya sea religioso, arquitectónico, pictórico o intelectual. Pero por limitarse solo a lo religioso, su legado está en perfecta concordancia con la longevidad de su civilización y la asombrosa capacidad de renovación demostrada por los pueblos que sucesivamente han ocupado el solar europeo. Todos ellos traían sus propios dioses y en algunos casos los impusieron a los pueblos ya asentados, pero otras muchas veces fueron estos quienes impusieron sus propias creencias a los recien llegados. El resultado de esa interacción queda plasmado en el legado religioso mediterráneo, un ejemplo de imaginación sincrética, sagacidad social y sentido del equilibrio entre diferentes concepciones espirituales del mundo, pero que sobre todo puede verse como muestra palpable de cómo dar respuesta a las cambiantes necesidades espirituales surgidas a lo largo de tantos siglos de vida en común.

Las majestuosas columnatas de la plaza de San Pedro en el Vaticano son una de las muchas contribuciones que hizo Gian Lorenzo Bernini a esta obra cumbre en el arte religioso del Renacimiento y, desde su construcción, epicentro de la cristiandad.

En el interior de ese espacio que hoy concebimos como mediterráneo, al seleccionar un humilde templo levantado en una isla perdida del Adriático y compararlo con alguna de las obras cumbres del arte religioso universal (pongamos el ejemplo más señero de todos, San Pedro del Vaticano) se pone de manifiesto una rara coincidencia. El Vaticano quería ser el símbolo de una comunidad de fieles unidos por una fe religiosa que aspiraba a extenderse por el mundo entero, a fin de explicar su verdad. De paso, y a través de la suntuosa majestad de ese templo ejemplar, se quería transmitir al mundo un mensaje que hablase inequívocamente de la importancia y el poder de los príncipes religiosos que ordenaron su construcción. Es decir, que a un motivo inicial genuinamente religioso se unió más adelante otro propósito mundano y de carácter político muy acorde con el papel que entonces jugaban los papas de Roma en el concierto de naciones europeas. En consecuencia, se recurrió a los mejores arquitectos, pintores, escultores y orfebres de la época, nada menos que Bramante, Rafael, Miguel Ángel, Bernini y un larguísimo etcétera de artistas de primer orden que pudieron trabajar sin trabas de orden económico ni material.

La humilde fragilidad del monasterio griego de Meteora, colgado entre formidables farallones, es más aparente que real, pues si bien fue osadamente construido al borde del precipicio, permanece ahí, incólume, desde 1388.

Por su parte, y a su manera, aquellos fieles del islote perdido en algún confin del mar Adriático que juntaron fuerzas y alzaron entre todos una modesta estructura de ladrillo encalado y policromado solo buscaban delimitar y techar un espacio al que luego declararon sagrado y en el que se reunieron desde entonces y hasta nuestros días para orar todos juntos. Sin embargo, algo ocurre con el espíritu que emana de las contrucciones religiosas heredadas del pasado, pues bien miradas resulta que son todas una y la misma. Pese a las aparatosas diferencias de tamaño y riqueza ornamental que pueden apreciarse a simple vista entre una de las grandes catedrales centroeuropeas y una ermita alzada a las afueras de una remota aldea mediterránea, el espíritu que insufló el deseo de juntarse fue el mismo y también  el próposito más noble de erigir entre todos una morada sagrada. Que hoy, tantos siglos después, la gran catedral y la ermita sigan en pie y continúen cumpliendo su misión primitiva es una prueba más de la religiosidad que emana de ambas construcciones, tan alejada del espíritu material y mundano que caracteriza a nuestra era.

EL LEGADO GRECORROMANO

Siempre se ha dicho que el espíritu griego estaba fundado en la curiosidad, el afán de conocimiento y el gusto por el intercambio. Fue dicho espíritu lo que impulsó a los griegos a lanzarse a los mares y conocer otras culturas e intercambiar ideas y conocimientos con otros pueblos. Que gracias a aquellos viajes lograsen obtener de paso beneficios comerciales forma parte de la naturaleza humana, siempre atenta a las ventajas materiales derivadas de una actividad que empezó siendo espiritual. Pero ya en el siglo VII a.C. la influencia griega se extendió por todo el Mediterráneo gracias a una importante red comercial paralela a la fenicia y que partiendo de Asia Menor llegaba hasta la península Ibérica. Con Alejandro Magno (356-323 a.C.), el mundo griego quiso acabar de una vez por todas con la amenaza persa y volvió el rostro hacia Oriente, encontrándose a la vuelta de muy pocos años a la cabeza de uno de los imperios más extensos y poderesos de la Antigüedad, pero que debilitó su presencia en Europa. Ello facilitó la emergencia de un nuevo poder, Roma, que una vez ventiladas sus querellas internas (guerras civiles) y externas (Cartago) se erigiría en la potencia hegemónica en la zona durante los siete siglos siguientes.


Incluso en su actual proceso de ruina y degradación, el Coliseo de Roma (construido a finales del siglo I) basta para afirmar la grandeza y el poderío de una ciudad que, en este caso, solo pretendió crear un espacio dedicado a los espectáculos deportivos y populares.

Pero a diferencia de los griegos, los romanos eran los civilizadores por autonomasia. Es cierto que el motivo primero de su expansión territorial, el comercio, no difería gran cosa del que impulsó a los griegos a lanzarse a los mares, pero allí donde iban los romanos procuraban reproducir las condiciones de vida materiales y espirituales que imperaban en el solar patrio. Por esa razón, el legado grecorromano es diverso y a la vez complementario. Lo importante de la herencia griega no son los puentes, las carreteras o los palacios, sino sus ideas, su universo poético y su sentido trágico de la vida. Una gran parte de su vocabulario, sobre todo en lo relativo a las grandes ideas, la filosofía, la religión o los atributos del alma, continúa viva en nuestra habla cotidiana, por más que el hablante medio lo ignore. Por su parte, el espíritu romano que todavía pervive en Europa es, antes antes que nada, un estilo de vida, un concepto estilístico del universo. Por ejemplo, su viejo código de derecho, uno de los pilares de la sociedad romana, que continúa en vigor en muchos países o bien ha sido adaptado a las necesidades de una sociedad moderna, pero conservando el espíritu de los legisladores romanos casi en su integriedad.

Entre las riquezas descubiertas en el palacio de Knosos, en una isla griega de Creta, surgieron los restos de frescos idílicos y serenos, fiel reflejo de la civilización minoica que habría de colonizar el Egeo.

Ello explica el que, por ejemplo, un habitante de las actuales ciudades de Tarragona o Mérida crea estar en casa al pasear por las ruinas de Palmira, en Siria, o por el recinto del gran palacio romano de la localidad croata de Split, situada sobre el Adriático. En ambos casos se trata de obras llevadas a cabo por el emperador romano Diocleciano. Concretamente, el palacio de Split es una obra de finales del siglo III y en realidad se trata de una construcción mixta, mitad residencia oficial y mitad recinto militar. Además del palacio propiamente dicho, dentro del perímetro rectangular amurallado había una zona dedicada a templos y otra en la que se alternaban las zonas residenciales, los cuarteles y los edificios administrativos oficiales.

ISLAS DEL MEDITERRÁNEO

Repartidas por los aproximadamente 2'5 millones de kilómetros cuadrados de superficie que tiene el Mediterráneo existen unas 3.000 islas. Entre las más importantes por su peso en la historia e influencia en el mundo antiguo algunas, como son los casos de Sicilia y Cerdeña, son gigantescas (25.708 kilómetros  cuadrados la primera y 24.090 kilómetros cuadrados la segunda) y están  muy desigualmente pobladas (4.866.000 personas en Sicilia y 1.599.511 en Cerdeña). Otras, en cambio, son francamente pequeñas y relativamente poco pobladas, como son los casos de Chipre (9.251 kilómetros cuadrados y 689.500 habitantes en el territorio griego y 200.500 habitantes en el sector turco) o Creta (8.261 kilómetros cuadrados y 601.000 habitantes). Ello por no hablar de otras como las islas Cícladas, diminutas en tamaño y población pero con unos nombres (Paros, Santorini, Naxos) repletos de resonancias míticas.

La configuración geológica de las islas Kornati, en el Adriático, hace imposible el desarrollo de la vida humana. Por el contrario, eso garantiza la existencia de hábitats terrestres y marinos de una belleza agreste y salvaje.

Una característica de las islas mediterráneas es que su importancia histórica no depende de su tamaño y población, y aquí vuelven a salir los casos de Chipre, disputada tan ferozmente como si fuese una joya de incalculable valor por hititas, micénicos, egipcios, asirios, persas, atenienses y romanos; o el de Creta, solar de una civilización como la minoica, sin la cual la cultura grecolatina no hubiera sido lo que fue y por tanto la civilización occidental tampoco se parecería a la actual. Directamente relacionada con Creta surge el nombre de la isla de Thera, la actual Santorini: hacia el año 1500 a.C. tuvo lugar una brutal erupción volcánica que no solo hizo desaparecer literalmente islas enteras, o cercenó severamente otras, como la propia Thera, sino que sus consecuencias fueron devastadoras por ejemplo para la propia Creta, que pese a estar a más de 100 kilómetros de distancia desapareció bajo las aguas del maremoto provocado por el volcán y que según cálculos modernos provocó olas de entre 35 y 135 metros de altura. Todo parece indicar que, además de la civilización minoica entera, también las flotas cretenses desaparecieron como por ensalmo, no siendo de extrañar que los arqueólogos sigan encontrando restos de barcos a varios kilómetros en el interior de la isla. Por su parte, la columna de fuego y cenizas que surgió por la boca del volcán alcanzó no menos de 30-35 kilómetros de altura y provocó un oscurecimiento en la zona que tardó varios años en desaparecer, siendo hoy en día perfectamente visibles sus efectos en los troncos fósiles encontrados en la zona. Junto con la desaparición de Troya, lo ocurrido en Thera es una de las catástrofes más importantes de la antigüedad.

Deslumbrado por la belleza de esta propiedad mallorquina llamada Son Marroig, el archiduque Luis Salvador de Austria la convirtió a finales del siglo XIX en un paraíso a la italiana que todavía perdura.

En la actualidad, además de una larga historia y numerosas resonancias míticas, las islas mediterráneas ofrecen otros atractivos muy de apreciar, como un clima privilegiado, paisajes y rincones naturales de extraordinaria belleza y una gastronomía condimentada con la sabiduría acumulada durante miles de años. Escritores tan diversos como lord Byron, Henry Miller o Edward Morgan Foster quedaron tan profundamente impresionados por la belleza y el magnetismo de las islas que no solo escribieron libros y poemas enormemente elogiosos sobre ellas, sino que hubo casos, como el del escritor británico Lawrence Durrell, en que se produjo un cambio de personalidad y ciudadanía, pues Durrell no solo se quedó a vivir allí para siempre, sino que hizo de ellas, y de las ciudades ribereñas del Mediterráneo, el núcleo fundamental de sus escritos.

CELEBRACIONES POPULARES

Gran parte de las festividades colectivas mediterráneas son religiosas, pero hay un buen número de ellas que son de carácter laico. En uno u otro caso, en casi todas las manifestaciones populares está presente un inequívoco trasfondo de celebración ancestral, casi se diría que anterior a las religiones y las creencias. Por ello, muchas veces resulta difícil delimitar en una ceremonía religiosa dónde acaba la sincera y humilde aproximación del pueblo a lo sagrado y dónde surge la pura y simple participación colectiva en la alegría de vivir y el gocede los sentidos. Por la misma razón, en el caso de algunas celebraciones laicas tampoco podría decirse que no tengan un origen religioso por más que su sentido actual sea solo social.

En Cataluña, los círculos concéntricos de espectadores pasan de la grada a la arena y sin distinciones ni solución de continuidad acaban fundiéndose con el grupo de mozos que levantan un castillo humano, fruto del esfuerzo y el aliento de todos. Son los famosos castellers.

Lo que ocurre es que, ya sea de forma laica o religiosa, la celebración participativa y comunitaria es una necesidad que se manifiesta en el hombre desde el principio de los tiempos. En las tumbas más antiguas, en los yacimientos arqueológicos más estudiados o en las pinturas más arcaicas siempre es posible ver dibujado un objeto, un instrumento musical o un acto social que carecerían de sentido sin el componente lúdico, festivo y participativo inherente a la fiesta.

Las máscaras algo inquietantes velan la identidad, mientras que el color y el lujo igualan a todos durante unos pocos días de alegre desafuero carnavalesco en Venecia. Luego viene la Cuaresma con sus ayunos, y más vale recibirla bien preparados.

Otra característica propia de la fiesta es su sentido profundamente democrático y libre, como lo prueba el hecho de que una de las primeras medidas adoptadas por los gobiernos autoritarios es restringir radicalmente el calendario festivo. Consecuentemente, una de las primeras medidas populares cuando cae un régimen antidemocrático es recuperar el calendario festivo tradicional. El concepto mismo de la fiesta es griego (fas), y se reservaba para aquellos días sagrados que eran muy resaltados para distinguirlos de sus contrarios (nefas, de ahí, nefasto), o sea, días estos en los que imperaban las habituales realidades de la condición humana. Para que resultasen auténticos días festivos, y fuera de la ley que regía oficialmente el resto del año, los nefas eran días fuera de cuentas, un poco como todavía lo recuerda hoy el carnaval por más que actualmente sea un pálido reflejo de la clase de fiesta que fue en el pasado: en el carnaval, el disfraz propicia la clase de impunidad que conlleva la pérdida de la identidad, por lo que parecería como si la transgresión, el acto que sitúa a quien no lo ejecuta fuera de la ley, lo cometiese otro. Por ingenuo que parezca, el mecanismo funciona con gran regocijo por parte del pueblo y disgusto de las autoridades eclesiásticas y civiles, razón por la cual estas tienden a prohibirlo allí donde poseen autoridad suficiente.

domingo, 13 de julio de 2014

· ANTÍGONA ·

MITOS Y LEYENDAS

Antígona. Por Frederic Leighton.
 
Antígona era hija de Edipo, rey de Tebas, y de su mujer y madre Yocasta. El dramaturgo griego Sófocles reflejó la historia en sus obras Edipo rey y Antígona.


Cuando Edipo se dio cuenta de que había matado a su padre accidentalmente y se había casado con su madre, se sacó los ojos.

Fue expulsado de Tebas, mientras que Yocasta se suicidó. El tío de Edipo, Creón, pasó a detentar el poder en Tebas, si bien poco después los hermanos de Antígona, Eteocles y Polinices, se hicieron con el poder. Mientras tanto, Antígona acompañó a su padre en su destierro por Grecia como un penitente ciego. Finalmente, el rey Teseo de Atenas le concedió asilo y protección y fue allí donde encontró la tranquilidad que buscaba para poder morir en paz.







 Pero antes de que esto ocurriese, su segunda hija, Ismene, llegó con la noticia de que Eteocles había expulsado a Polinices para convertirse en único rey de Tebas. Tenía el apoyo de Creón, que incluso dirigió a su ejército hasta Atenas para capturar a Antígona e Ismene. Después de la intervención de Teseo, Creón cambió de opinión y las dos hermanas regresaron a Tebas voluntariamente.

En aquel momento, Polinices y sus seguidores habían iniciado una batalla contra su propia ciudad, muriendo poco después en un duelo con Eteocles, que también perdió la vida. Creón recuperó el poder y enterró a Eteocles con honores de rey, olvidándose de Polinices y dejándole a las afueras de la ciudad, toda una humillación para cualquier griego. Incluso prohibió que se le enterrase bajo pena de muerte, pero Antígona desafió al rey y arrojó tres puñados de tierra sobre su cadáver de manera simbólica. Entonces Creón la hizo arrestar y la condenó a muerte, aunque para evitar ser acusado de provocar la muerte de un pariente ordenó que se la encerrase en una cueva con comida y bebida. Poco después, el profeta ciego Tiresias le pidió a Creón que enterrase a Polinices y liberase a Antígona, y el rey, atemorizado por las palabras del profeta, siguió su consejo. Al descubrir la cueva vieron que se había ahorcado, lo que provocó el suicidio de la mujer de Creón y de su hijo Hemón que prometido en matrimonio a Antígona, había suplicado a su padre por su liberación.




 
Existen diversas versiones de este mito y en todas ellas se describe a Antígona como una mujer valiente con una moral muy recta, dentro de una familia marcada por la tragedia. La fascinación por este tema, desarrollada con brillantez por Sófocles sobre el 440 a.C, nunca ha remitido. Se trata de un drama interpretado de diversas formas, siendo una de las más conocidas la del dramaturgo francés Jean Anouilh (1910-1987) en la obra titulada Antígona.

· KLAUDIOS PTOLEMAIOS ·



BIOGRAFÍAS Y VIDAS

TOLOMEO


Klaudios Ptolemaios. Llamado comúnmente en español Ptolomeo o Tolomeo

 
 Astrónomo, matemático y geógrafo griego. Es muy poca la información sobre la vida de Tolomeo que ha llegado hasta nuestro tiempo. No se sabe con exactitud dónde nació, aunque se supone que fue en Egipto, ni tampoco dónde falleció. Su actividad se enmarca entre las fechas de su primera observación, cuya realización asignó al undécimo año del reinado de Adriano (127 d.C.), y de la última, fechada en el 141 d.C. En su catálogo de estrellas, adoptó el primer año del reinado de Antonino Pío (138 a.C.) como fecha de referencia para las coordenadas. 



Tolomeo fue el último gran representante de la astronomía griega y, según la tradición, desarrolló su actividad de observador en el templo de Serapis en Canopus, cerca de Alejandría. Su obra principal y más famosa, que influyó en la astronomía árabe y europea hasta el Renacimiento, es la Sintaxis matemática, en trece volúmenes, que en griego fue calificada de grande o extensa (megalé) para distinguirla de otra colección de textos astronómicos debidos a diversos autores.

La admiración inspirada por la obra de Tolomeo introdujo la costumbre de referirse a ella utilizando el término griego megisté (la grandísima, la máxima); el califa al-Mamun la hizo traducir al árabe en el año 827, y del nombre de al-Magisti que tomó dicha traducción procede el título de Almagesto adoptado generalmente en el Occidente medieval a partir de la primera traducción de la versión árabe, realizada en Toledo en 1175.

Utilizando los datos recogidos por sus predecesores, especialmente por Hiparco, Tolomeo construyó un sistema del mundo que representaba con un grado de precisión satisfactoria los movimientos aparentes del Sol, la Luna y los cinco planetas entonces conocidos, mediante recursos geométricos y calculísticos de considerable complejidad; se trata de un sistema geocéntrico según el cual la Tierra se encuentra inmóvil en el centro del universo, mientras que en torno a ella giran, en orden creciente de distancia, la Luna, Mercurio, Venus, el Sol, Marte, Júpiter y Saturno. 



El universo geocéntrico de Tolomeo



Con todo, la Tierra ocupa una posición ligeramente excéntrica respecto del centro de las circunferencias sobre las que se mueven los demás cuerpos celestes, llamadas círculos deferentes. Además, únicamente el Sol recorre su deferente con movimiento uniforme, mientras que la Luna y los planetas se mueven sobre otro círculo, llamado epiciclo, cuyo centro gira sobre el deferente y permite explicar las irregularidades observadas en el movimiento de dichos cuerpos.
El sistema de Tolomeo proporcionó una interpretación cinemática de los movimientos planetarios que encajó bien con los principios de la cosmología aristotélica, y se mantuvo como único modelo del mundo hasta el Renacimiento, aun cuando la mayor precisión alcanzada en las observaciones astronómicas a finales del período medieval hizo necesaria la introducción de decenas de nuevos epiciclos, con lo cual resultó un sistema excesivamente complicado y farragoso.




Como geógrafo, ejerció también gran influencia sobre la posteridad hasta la época de los grandes descubrimientos geográficos. En su Geografía, obra en ocho volúmenes que completó la elaborada poco antes por Marino de Tiro, se recopilan las técnicas matemáticas para el trazado de mapas precisos mediante distintos sistemas de proyección, y recoge una extensa colección de coordenadas geográficas correspondientes a los distintos lugares del mundo entonces conocido. Tolomeo adoptó la estimación hecha por Posidonio de la circunferencia de la Tierra, inferior al valor real, y exageró la extensión del contiente euroasiático en dirección este-oeste, circunstancia que alentó a Colón a emprender su viaje del descubrimiento.





Entre las demás obras de Tolomeo figura la Óptica, en cinco volúmenes, que versa sobre la teoría de los espejos y sobre la reflexión y la refracción de la luz, fenómenos de los que tuvo en consideración sus consecuencias sobre las observaciones astronómicas. Se le atribuye también la autoría de un tratado de astrología, el Tetrabiblos, que presenta las características de otros escritos suyos y que le valió buena parte de la fama de que gozó en la Edad Media.



Aunque no perduró ninguna carta de Ptolomeo, en el Renacimiento se reconstruían Mapa Mundi a partir de la Geographia de Ptolomeo. Esta carta es una copia de Johannes de Armsshein en 1482.