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martes, 4 de noviembre de 2014

· LAUREL ·

LA PLANTA DE APOLO


En la mitología griega, era la planta de Apolo, pues en ella quedó convertida la ninfa Dafne por rechazar al dios que tras prendarse de ella la había requerido de amores. En muchos lugares de España se cree que el laurel posee espíritu, de modo que, como se hace con los animales domésticos, se le debe comunicar si hay enfermos en la casa o si ha muerto alguno de sus habitantes, ya que, de no hacerlo así, el árbol, dolorido, comenzaría a secarse poco después.


El laurel, por ser uno de los pocos elementos  de la naturaleza al que jamás  alcanzaba el rayo, se consideraba un escudo protector; por eso Julio César instauró la corona con sus hojas, que, por extensión, y desde la Antigüedad hasta nuestros días, simboliza el reconocimiento al vencedor en cualquier empresa, desde el triunfo del emperador hasta las victorias de los generales o los éxitos deportivos. Por todo ello ofrecer laurel es expresar un deseo de paz. En el País Vasco y Navarra se suele depositar en el féretro de los difuntos un ramo de Laurel.

En la Antigüedad los sacerdotes de Apolo utilizaban el laurel para practicar la suerte de adivinación denominada dafnomancia, para lo cual bien quemaban algunas hojas e interpretaban su crepitación mientras eran consumidas por el fuego, bien las mascaban para sumirse en un estado de trance que les permitía vislumbrar acontecimientos del futuro. 


En la noche de San Valentín, las enamoradas solían utilizar hojas de laurel para saber si eran correspondidas, para lo cual era necesario soñar esa noche con el interesado tras haber colocado las hojas bajo la almohada o haberlas prendido en las puntas de esta con alfileres.


 
El que muerde una hoja de laurel no debe temer que le asalten los malos espíritus y ha de saber que su mente estará despierta para afrontar cualquier situación de la vida. El que al ser servido recibe en su plato una hoja de laurel con la que se ha elaborado la comida gozará de buena salud durante mucho tiempo o curará pronto de una dolencia que sufre, y hasta es posible que realice en un breve plazo de tiempo un largo viaje sumamente venturoso. Colocando una rama de laurel cerca de la cama de una persona dormida se le procura un sueño reparador y plácido.

El laurel debe plantarse delante de la puerta de una casa o en los campos por sus ya comentadas virtudes para alejar los rayos o las tormentas de granizo. También  es costumbre llevar ramas de laurel a bendecir el Domingo de Ramos para colocarlas después en las puertas de las casas o de las cuadras.


domingo, 10 de agosto de 2014

· EL SUEÑO DE EL DORADO ·

Aunque las creencias religiosas firmemente arraigadas o la búsqueda del Paraíso terrenal eran el motivo principal de muchas de las exploraciones emprendidas en la Edad Media, en el siglo XV los sueños de riquezas más allá de lo inconcebible, unido a la conquista de otros territorios, pasó a ser la motivación primordial. El Dorado se convirtió en el símbolo de todas estas búsquedas del esquivo tesoro y su nombre entró a formar parte de la memoria popular para siempre.

La leyenda de El Dorado se inició con el explorador español Gonzalo Jiménez de Quesada y su descubrimiento en 1537 de la nación muisca en las actuales tierras altas de Colombia. La leyenda de un rey dorado empezó a circular en Quito, la recién conquistada ciudad del Ecuador. Dicha leyenda empezó a mezclarse con otras, así que al final no solo hubo un rey dorado, sino también una ciudad dorada.

El Rey Dorado, por no hablar de la Ciudad Dorada, existió en realidad. Un siglo después del descubrimiento de la nación muisca, en 1638, se publicó la novela más importante de la colonia de Colombia, la crónica de El Carnero, obra del americano Juan Rodríguez Freile (Freyle). Era una novela de corte histórico y se refería a la conquista española, al primer siglo del Nuevo Reino de Granada, y a la fundación de Bogotá en 1538. Freile describió con sumo detalle una ceremonia religiosa celebrada durante el nombramiento de un nuevo dirigente de los muisca. El rey-sacerdote se sometió a un ruto de iniciación, parecido en ciertos sentidos a la de los chamanes, retirándose en una cueva, y absteniéndose de mujeres y de sal para vivir en la oscuridad.

Después de un periodo de contemplación lejos del mundanal ruido, el primer viaje del nuevo sacerdote-rey hacia la luz era al lago Guatavita (cerca de la actual Bogotá) para hacer ofrendas a su dios. Se construía una embarcación decorada con arbustos.

Cuatro braseros con incienso ardían a bordo, y el humo se mezclaba con el de los braseros -también de incienso- que había en la costa. Una muchedumbre de hombres y mujeres vestidos con sus mejores galas subían a la embarcación y colocaban pilas de oro y esmeraldas a los pies del rey, y cubrían su cuerpo de un barro que luego se adornaba con polvo de oro. Cuatro sacerdotes, también desnudos, se quedaban junto a él para sostener sus ofrendas a Dios. Una vez en el centro de la laguna se alzaba un estandarte para dar inicio a un profundo silencio. El valioso cargamento de oro y piedras preciosas se arrojaba por la borda como ofrenda diseñada para restablecer la armonía del universo. Se izaba de nuevo el estandarte para indicar el fin del silencio, y entonces se oían las melodías de las gaitas y las flautas, las voces de los cantantes y los saltos de los bailarines procedentes de la orilla, dando la bienvenida al nuevo monarca.

El Museo Colombiano del Oro de Bogotá alberga la colección más importante del mundo de adornos de oro (unas treinta y cinco mil piezas). En medio del Salón de la Ofrenda del museo se expone su objeto más famoso: un modelo en oro de la balsa muisca, brillante y luciendo todos sus detalles.

En 1542, el conquistador Francisco de Orellana dirigió una expedición con Gonzalo Pizarro para descubrir la supuesta ciudad de oro, El Dorado. Incluso el pavimento de la ciudad estaba hecho con tan preciado metal. La expedición descendió por el rio Negro y Orellana aseguró haber conocido a una extraordinaria civilización, con granjas bien administradas y ciudades amuralladas. La historia de Orellana fascinó a España y se enviaron nuevas expediciones, aunque no se encontró rastro alguno de esa ciudad secreta de oro.

LA CIUDAD DORADA DE MANOA



La verdad rara vez se interpone en una buena historia, y la ubicación de El Dorado se trasladó a la que sir Walter Raleigh describió como <<la gran y dorada ciudad de Manoa, a la que los españoles llaman El Dorado>>. Él creía que estaba situada en las tierras altas del <<gran y hermoso imperio de la Guyana>>, y recaló <<en un lago de agua salada de doscientas leguas de extensión>>. Se enviaron varias expediciones a Guyana con la esperanza de descubrir oro. Una de ellas, dirigida por Don Pedro Malaver da Silva en 1530, terminó con la muerte de toda la tripulación a manos de los caribes, a excepción de Juan Martínez. Al parecer, el superviviente alteró la versión de los hechos, pero al menos en una de esas versiones Martínez vivía con los caribes en una ciudad en la que las casas estaban hechas de oro y pidras preciosas a orillas del lago Parima, situado en Rapunini. La ciudad se llamaba Manoa.

Después de lo que se describió como varios meses o diez años, obtuvo permiso para marchar, cargado de valiosos regalos y con la ayuda de unos guías que lo condujeron hasta el río Orinoco. Según cuenta, al llegar fue asaltado y robado. A pesar de que resultó herido, pudo llegar a la isla de Margarita, cerca de la costa venezolana. Los monjes a quienes les contó su historia le creyeron. Manoa y el mítico El Dorado guardaban una estrecha relación y el relato se difundió como la polvora.

Sir Walter Raleigh, quien fuera el cortesano favorito de la reina Isabel I de Inglaterra durante seis años (no fue esta la más inteligente de sus maniobras), se enfrentó al conde de Essex por el favor de la reina. Raleigh traicionó el afecto de su soberana al mantener una relación sentimental con una de sus damas de compañía, Elizabeth Throckmorton, aunque él se redimió (al menos a ojos de la sociedad) al casarse con la dama en cuestión. Como otros muchos que ofendieron a Isabel, tras un ataque de celos de la reina fue encerrado en la Torre de Londres, donde se vió obligado a corregir sus pasiones y sus impulsos.

Al final fue liberado, y después de varias travesías navales en 1595 planeó una expedición a Guyana, Sudamérica, en vez de navegar por el río Orinoco y atravesar el nuevo imperio español, convencido de que el esquivo oro de El Dorado estaba oculto en ese lugar. Dado que Raleigh también describió las rarezas de una tribu de hombres sin cabeza, cabría pensar que nos estaba engañando. Pero no. El reputado cartógrafo Jodocus Hondius incluyó El Dorado en su mapa de Sudamérica publicado en Holanda en 1598, y allí permaneció hasta principios del siglo XIX.


En otro ejemplo de humor negro, otro conquistador español, don Antonio de Berreo, se enfrascó en la búsqueda de El Dorado de Raleigh. Don Antonio se casó cumplido los cincuenta años con una dama mucho más jóven que él, Margarita, la hija y heredera del rico conquistador Gonzalo Jiménez de Quesada, y mediante su herencia pasó a ser un hombre inmensamente rico. A cambio de concederle la mano a su hija, Gonzalo le hizo jurar que continuaría la búsqueda de El Dorado, a la que él mismo se había entregado durante años. Le pidió a Berreo que no cejara en el empeño <<hasta que se le agotaran las fuerzas y la vida>>, Berreo le confesaría a sir Walter Raleigh que se había gastado trescientos mil ducados en cumplir los deseos de su suegro. No hay razón para suponer que Berreo estaba dispuesto a someterse a los deseos de su suegro, aunque escribió: <<Consideré que no era ese el momento para descansar>>.

Berreo fundó una colonia en Trinidad con la intención de que fuera puerto de salida hacia Guyana y El Dorado, al que tenía previsto llegar por el río Orinoco. Hizo tres viajes por el Orinoco en busca del esquivo El Dorado. Sus fuerzas expedicionarias incluían a cientos de soldados, sin contar a los mozos de carga y los caballos. En cada viaje morían muchos hombres y su fortuna menguaba. En 1584 decidió establecerse como primer gobernador de Trinidad, viviendo en San José, ciudad de nuevo cuño que había sido fundada por su lugarteniente Domingo de Vera. Juntos organizaron otra búsqueda de El Dorado.

Antes de desembarcar en Guyana, Raleigh se detuvo en Trinidad y sus hombres prendieron fuego a San José, llevándose consigo a Berreo y a su segundo al mando, el anciano capitán portugués Alvaro Jorge, sus rivales en la búsqueda de El Dorado. Raleigh alegó que sus acciones estaban justificadas por el trato cruel de Berreo hacia los indios y la traición a algunos de los miembros de la tripulación de Raleigh. Dejó la mayoría de sus barcos en Trinidad, en el puerto de Curiapán (Punta de Gallo), y recorrió 640 kilómetros por tierra y río hasta Guyana, liberando por fin a sus dos desgraciados y maltrechos prisioneros en Cumana, Venezuela, una vez lograron sonsacarles toda la información valiosa sobre El Dorado. Los desdichados lograron volver al Orinoco y navegaron desde su desembocadura hasta Trinidad.

Mientras tanto, Domingo de Vera había reclutado otra fuerza expedicionaria para que Berreo pudiera proseguir con su búsqueda de El Dorado. A tal fin reunió veintiocho embarcaciones y unas mil quinientas personas. Cuando los barcos de Vera llegaron a Trinidad, a Berreo ya no le quedaban fuerzas para vivir nuevas aventuras, de modo que Alvaro Jorge, que tenía casi ochenta años, asumió la comandancia de la travesía. Este último intento fue una estrategia a gran escala: las hambrunas, la barbarie y los ataques de los nativos marcaron a la expedición. Berreo perdió todas sus riquezas y malgastó las dotes de su hija en busca de El Dorado, aunque hizo un comentario filosófico que pudo haber ahorrado sufrimiento y muchas vidas si él mismo se lo hubiera aplicado: <<Si tratas de acometer demasiado, terminarás no haciendo nada en absoluto>>. Murió en 1597 legando a su hijo Fernando su obsesión por El Dorado y con el sueño de resarcirse de los infortunios familiares. No aprendió nada de los consejos de su anciano padre.

Tras la desastrosa aventura por el orinoco, la estrella de Raleigh declinó cuando Isabel I murió y le sucedió Jacobo I en el trono. Raleigh fue acusado de traición al rey debido a unos absurdos rumores de que estaba colaborando con los españoles. Fue condenado a muerte, aunque luego fue absuelto y estuvo encarcelado durante doce años. Durante su cautiverio escribió Historia del mundo. Una vez liberado en 1616, como si fuera una polilla atraida hacia la luz de una vela, organizó otra expedición para encontrar El Dorado, prometiendo a Jacobo I que abriría una mina de oro sin causar un incidente con España.

La expedición resultó ser un desastre: Raleigh contrajo unas fiebres en Guyana, y su lugarteniente, Lawrence Keymis, quemó una colonia español en la ribera sur del Orinoco. Sin embargo, Jacobo I solo tuvo en cuenta que Raleigh volvió a Inglaterra sin el oro de El Dorado. Tal como era de esperar, el monarca reavivó la antigua acusación de traición, y esta vez no tuvo redención. Raleigh fue ejecutado en 1618.

domingo, 6 de julio de 2014

· COLÓN Y ANTILIA ·

Fray Bartolomé de las Casas
Existe más de un vínculo entre Colón y Antilia. El relato acaso sea apócrifo, y muchos historiadores lo consideran como tal, pero fue contado por el fraile dominico, teólogo, cronista e historiador español Bartolomé de las Casas, que fue así mismo obispo de Chiapas. Según él, la historia era bien sabida por todos los que conocían a Colón en La Española (el propio De Las Casas había emigrado a La Española en 1502).

Cristobal Colón










Cuenta la leyenda que Colón y su esposa estaban en Madeira cuando un barco pequeño y muy maltrecho arribó a puerto con solo seis de sus miembros de la tripulación, que además se encontraban en muy mal estado. Cinco de ellos fallecieron poco después de su llegada, a pesar de que Colón y su esposa los atendieron. El sexto hombre, a la sazón el comandante de la embarcación, relató la historia de sus desventuras antes de fallecer a su vez. La tripulación de diecisiete miembros había zarpado de un puerto español, pero ya en alta mar se toparon con unos vientos muy fuertes que los obligaron a virar hacia el oeste durante veintiocho días, más allá de las aguas que figuraban en las cartas de navegación. Se adentraron en una zona que los mapas señalaban como mar vil.


Cristobal Colón desembarcando en La Española el 5 de diciembre de 1492, de De insulis nuper in mari Indico
repertis, inventis epistola
, grabado en madera, en Carlo Verardi, Historia baetica, Basilea, 1494

Recalaron en una isla para provisionarse de agua potable. El trayecto de regreso. aún cuando por fin los vientos soplaron a su favor, tampoco fue fácil ya que escaseaban las provisiones y los hombres empezaron a caer como moscas. El comandante había tomado algunos puntos de referencia y describió que los habitantes de la isla iban desnudos, aunque el resto de esta información se había perdido para siempre.

¿Podemos afirmar que se trata de un incidente verídico? ¿Proporcionó a Colón nuevos datos indirectos de que una travesía por el oeste del continente europeo le llevaría a nuevos territorios, o lo relegó al olvido? Si esta historia es cierta, ¿llegaron esos desdichados marineros a las Indias antes que Colón? Cristobal Colón creía a pies juntillas en la existencia de Antilia y tenía previsto hacer una parada en ella en 1492.

· LA ISLA DE LAS SIETE CIUDADES ·

Estatua de filósofo, quizás Plutarco
(Museo arqueológico de Delfos, Grecia)
Según la leyenda, existe una isla fantasma situada en el oceáno Atlántico, al oeste de la península Ibérica, conocida con el nombre de la isla de las Siete Ciudades, o Antilia, su emplazamiento puede basarse en las islas mellizas descritas por el historiador Plutarco (46-127) en su biografía del brillante general y estadista romano Quinto Sertorio (126-73 a.C.), aclamado a veces como "el nuevo Anibal".

Después de haber servido con todos los honores y valor en una serie de campañas, y de servir en Hispania como tribuno militar antes de probar la amargura de los juegos políticos en los que Roma andaba enfrascada por aquel entonces, Sertorio sirvió de procónsul de Hispania. La política romana y sus distintas facciones hicieron mella en él y se implicó en una desastrosa defensa de la provincia contras las fuerzas de Sulla, el hombre que, fueran cuales fuesen las razones que lo motivaban, siempre coartaba sus ambiciones. Cónsul de Roma en dos ocasiones y luego su dictador, Sulla fue un brillante general y político que inició el final de la República romana; más tarde, como no podía ser de otro modo, fue objeto de admiración por parte de Maquiavelo. Sertorio obró acertadamente y se retiró del norte de África, no sin antes asediar la ciudad de Tingis (Tánger) en su campaña de Mauritania, despertando así la profunda admiración del pueblo de Lusitania (Portugal).

Después de una desastrosa e inusual campaña, en el que se vio obligado a lanzar un ataque desde el mar, Sertorio sobrevivió a una violenta tormenta hasta desembarcar en las inmediaciones de la desembocadura del río Baetis (actualmente el río Guadalquivir, que atraviesa Sevilla). Allí conoció a unos marineros que le dijeron que acababan de regresar de las islas gemelas del Atlántico que estaban situadas a unos 2000 kilómetros de la costa africana. Las islas estaban separadas entre sí por un estrecho canal y se las conocía como las islas de los Benditos. En ese lugar apenas llovía, la tierra era fértil y abundaban las frutas delicadas que crecían sin esfuerzo. El clima era moderado, el aire agradable y las brisas suaves. Los marineros se mostraron convencidos de que eran los Campos Elíseos de Homero.

Cansado por la batalla, y después de sobrevivir a un inminente naufrágio y la traición de Roma, Sertorio vivió durante un tiempo obsesionado con esas islas. Pero pronto centró sus prioridades en la necesidad de levantar la moral de sus soldados, y finalmente nunca zarpó hacia las islas de los Benditos.

La isla de las Siete Ciudades está vinculada a las leyendas portuguesas y españolas. Según cuentan, la isla estaba ocupada por el arzobispo de Oporto y seis obispos, junto con un grupo de cristianos devotos, su ganado y otras pertenencias, que había huído de la invasión árabe de la península Ibérica en el siglo VIII. También se cuenta que los refugiados enterraron y quemaron sus embarcaciones para asegurarse de que no volverían a casa y que nadie los identificaría. El arzobispo y cada uno de los obispos fundaron una ciudad y toda la isla se convirtió en un Estado utópico pacífico y disciplinado. Las islas Benditas de los antiguos se habían transformado en la isla de las Siete Ciudades. Muchos de estos lugares legendarios cambiaron de nombre a medida que las leyendas se iban enrevesando o reconstruyendo, y con el paso del tiempo también modificaron su ubicación que siempre eran esquivas y peligrosamente próxima a ese lugar que en los mapas antiguos se conoce simplemente como Terra Incognita.


Mapamundi de Johannes Ruysch de 1507 se basa en el trabajo de Estrabón, aunque incluye los 
descubrimientos de Cristobal Colón y John Cabot en Terranova (y Cuba) conectados a Asia.

Antilia, la siguiente encarnación de la isla (no debe confundirse con las actuales islas de las Antillas), se cita por primera vez en la carta de navegación de Francis Pizzigano de 1367 (se conserva en la Biblioteca Nazionale de Parma), casi siete siglos después del supuesto asentamiento del arzobispo en la isla, aunque mucho antes del viaje de Colón al Nuevo Mundo. En la carta de navegación de Pizzigano, Antilia queda referenciada por una inscripción, pero después, en el transcurso del siglo XV aparence en forma rectangular, de aproximadamente el tamaño de Portugal, extendiéndose unos 320 kilómetros al oeste de las Azores. En la carta de navegación de 1435 obra del cartógrafo italiano Battista Beccario, Antilia aparece en compañía de unas misteriosas islas llamadas Saranaxio (San Antagio), Royllo y Tanmar, con la inscripción insulae de novo repertae, es decir "islas recién descubiertas". Algunos afirman que el nombre de Antilia significa "isla de los dragones de mar" y que se deriva de los bocablos árabes jezirat al-lim, o al-tennyn ("la isla del dragón"). Pero lo más probable es que se derive de la expresión portuguesa ante ilba, "la isla más cercana".


Carta de Navegación de Pizzigano
(Biblioteca Nazionale de Parma)

Sin duda alguna, la creencia en la isla de las Siete Ciudades, sea cual sea su nombre, se mantuvo muy arraigada durante el siglo XV. En 1414 la tripulación de un buque español dijo haber avistado la legendaria isla, una carta de navegación veneciana la incluyó en 1420, y los miembros de la tripulación de una nave portuguesa aseguraron haber desembracado en ella, en la década de 1430. Un enviado español a Inglaterra, Pedro de Ayala, escribió al rey Fernando y a la reina Isabel en 1498 diciéndoles que, durante los últimos siete años, los habitantes de Bristol habían estado aprovisionando a dos, tres o cuatro caravelas al año para la búsqueda de las islas de Brasil o Hy-Brasil, y las Siete Ciudades. Posteriormente algunos portugueses consideraron que la isla de las Siete Ciudades correspondían a San Miguel, la isla más grande del archipiélago de las Azores, conocida también como la isla Verde. Era una importante productora de trigo, vino, fruta y quesos, y tenía algunas de las cualidades paradisíacas de la legendaria isla.


Cristobal Colón desembarcando en La Española el 5 de diciembre de 1492,
de De insulis nuper in mari Indico repertis, inventis epistola, grabado en madera,
 en Carlo Verardi, Historia baetica, Basilea, 1494.

Las leyendas tienden a mutar para que encajen en su época y en las motivaciones de quienes las escuchan. Antilia avanzó hacia el oeste desde su posición mesoatlántica, y antes de desaparecer de los mapas del océano Atlántico dio su nombre a un grupo de islas del Caribe. Desde el océano, la misteriosa Antilia cruzó todo el continente norteamericano, volviendo a una versión de su antiguo nombre y convirtiéndose en las Siete Ciudades del Oro ubicada en lo que la actualidad sería Nuevo México. En esta nueva versión, el arzobispo y sus compañeros que escaparon de los árabes hallaron el modo de llegar a América, donde fundaron las ciudades de Cíbola y Quivera, dos ciudades de riquezas inconcebibles repletas de oro y joyas. En muy poco tiempo, y debido a la transmisión oral del relato, las dos urbes se transformaron en siete ciudades de oro, una para cada uno de los obispos. La historia cobró un nuevo impulso a raíz del regreso a Nueva España (México) de los supervivientes de un naufragio de una gran expedición comandada por Pánfilo de Narvaez a Florida en 1528. En su regreso a Sinaloa por la costa oeste de México, describieron sus encuentros con las poblaciones autóctonas, quienes les hablaron de las ciudades de grandes riquezas.

Los reflejos del oro ejercieron su habitual poder y sedujeron a los Conquistadores para viajar hasta el norte de México a través de la ruta yerma de la Jornada del Muerto, que se extiende a unos 160 kilómetros desde México hasta la región norte de Nuevo México a través del desierto y un extenso y antiguo terreno de lava. La ruta está flanqueada por el este por las montañas Oscura y San Andreas y por el oeste por la cordillera de Fray Cristobal y las montañas Caballo. Lejos de encontrar las Siete Ciudades de Cíbola, dieron con los pueblos de los apacibles agricultores de Pueblo, y en vez de ciudades de oro, se encontraron con la bella arquitectura de adobe de la región.
 LAS SIETE CIUDADES DE CÍBOLA
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 COLÓN Y ANTILIAPincha sobre este cuadro para direccionarte al tema "COLÓN Y ANTILIA".

Fuente: ATLAS DE TIERRAS LEGENDARIAS (Reinos fantásticos, islas fantasmas, continentes perdidos y otros mundos míticos) - Judith A. Mcleod.

sábado, 5 de julio de 2014

· LA MANO NEGRA ·

Mitología Castellana




Como bien dice su nombre, se trata de un ser diabólico sombrío con capacidad de adoptar la forma de una enorme mano negra ectoplásmica. Se trata de un mito muy extendido a lo largo de la geografía peninsular, con ligeras variaciones de su forma. En Segovia, la Mano Negra atacaba a las personas cuando están distraídas, orinando (hombres) o dormidas. Si te toca el hombro, al girar el rostro el ser suele arrancar los ojos del incauto como si sus dedos fueran garras.





En Torre de Juan Abad (Ciudad Real) dice la tradición que la “Mano Negra” era un ente femenino de cabellos largos, vestida de negro y acuático con una fea manaza con uñas negras que habitaba en las oscuras y peligrosas aguas de las charcas y pozos. Se decía de ella que siempre estaba al acecho, siempre atenta y que arrastraba a los niños, que habían conculcado la prohibición de no acercarse al brocal (antepecho que rodea la boca de un pozo para impedir que alguien se caiga en él), a su madriguera líquida.




 En la Solana (Ciudad Real) se decía que se llevaba a los niños díscolos (poco obedientes). En otras localidades se le recordaba como un lustre espantajo antropomorfo: secuestrador nocturno que merodeaba por doquier en busca de gente mala. Parece ser que este espantajo tiene un pariente en otras localidades denominada la “Pata Negra”, su hábitat son las chimeneas. Se la dibuja como una gran pata de lobo negro o de zorro (también negro). En Galicia, era uno de los aspectos que adoptaba un demonio capaz de adoptar su forma física y con esta forma, daba sustos de muerte.





Puede que no hayáis oído jamás esta leyenda pero, en mi caso, era una historieta bastante conocida entre los miembros de mi familia. Seguramente transmitida de manera oral a lo largo del tiempo. Particularmente, me daba bastante miedo; hoy en día sonrío al recordarla por los felices recuerdos que invaden mi mente, donde inocencia e infancia estaban unidas. Quizás también se deba a esas noches que pasaba junto a mi abuela, en las que no faltaban historias de otras épocas y leyendas prodecentes de diferentes regiones de nuestro país.

viernes, 4 de julio de 2014

· TARTESSOS ·

Entre el mito y la historia: Tartessos

Enigma es la palabra que mejor sigue definiendo a Tartessos. Los exquisitos tesoros y las noticias sobre la rápida desaparición de esta civilización dotan a Tartessos de un halo de misterio que continúa produciendo inquietud en historiadores y arqueólogos. Hoy en día todavía es posible encontrar informaciones contradictorias sobre su localización; aunque se tiende a aceptar que tuviese su eje en el valle del Guadalquivir y una extensión de pueblos dependientes que englobaría desde Cartagena a Portugal.

Los griegos fueron los primeros en mencionar a Tartessos como objetivo de sus viajes y de los fenicios a esta ribera mediterránea. Ya en el siglo IV d.C., la Ora Marítima de Rufo Cesto Avieno citaba a Tartessos de forma desconcertante al hablar de Tarsis como una ciudad, un río, una región y un centro mercantil dedicado a la minería. Es posible que Tartessos fuese eso y mucho más. El primer Estado y cultura peninsular del que poseemos abundantes datos históricos tiene mucho de aculturación o recepción de prestamos de otras culturas y de fusión con lo autóctono. Tartessos vendría a ser el resultado de la continuidad del mundo indígena existente en el solar hispano. Primer episodio de la iberización, en Tartessos se funde lo autóctono con lo foráneo, llámese sobre todo fenicio y, en menor medida, heleno.

La riqueza minera fue la causa del esplendor tartésico. Sus habitantes unían a sus habilidades manufactureras, la capacidad de navegar en busca de metales como el estaño y el ámbar. Precoces conocedores de los misterios del Atlántico, los tartésicos los surcaron en sus "caballos", barcos con proa acabada en forma de équido. Con ellos llegaron a África en busca de oro y atún, e incluso fueron capaces de arribar a las misteriosas Casitérides para obtener estaño. La inquietud de Tartessos como pueblo navegante e involucrado en el comercio de metales fue fomentada por el interés fenicio por obtener la preciada plata, el bronce y el oro tartésico. Estas relaciones mercantiles entre Tartessos y Fenicia desembocaron en prestamos culturales y sociales que se aprecian, por ejemplo, la cerámica. La proliferación de cerámica fenicia de tonos grises y su recubrimiento con un barniz rojo acabó por producir imitaciones e incluso la pérdida final de la cerámica indígena. Además, los fenicios integraron a las élites tartésicas en su avanzado sistema comercial: mientras los primeros obtenían los metales que necesitaban o el permiso de paso por ciertas rutas, los tartésicos conseguían protección y fastuosos regalos.




No todos los habitantes de Tartessos se beneficiaron de este tráfico de mercancías. El exotismo y la brillantez de los objetos que acompañan a ciertos enterramientos invitan a pensar que existía una fuerte jerarquización interna, en la que una selecta aristocracia se distinguía por inhumarse en ostentosos túmulos e incorporaba objetos orientalizantes en sus ajuares funerarios. Los tesoros de orfebrería encontrados en las necrópolis -como el de El Carambolo (Camas, Sevilla) que data de 600 a.C.- revelan también que los fenicios proporcionaron a los tartésiscos los instrumentos necesarios para elaborar una exquisita cultura material compuesta de objetos cerámicos, orfebrería, recipientes de bronce, escarabeos o marfiles. Incluso es posible que artífices orientales se desplazaran a Tartessos. La rudeza y el primitivismo de sus casas contrastan con estas otras manifestaciones de su primorosa cultura material. Un contraste que confirma la falta de primor de sus impresionantes fortificaciones. 

Las primeras noticias de Tartessos sitúan a la monarquía como sistema de organización política. Los primeros reyes de Tartessos son personajes de leyenda, que remiten a los elementos europeos y fenicios que están tras la génesis de esta singular cultura. Por un lado, Gerión y Norax, monarcas vinculados con los trabajos que Hércules tuvo que realizar en Occidente, representan los elementos indoeuropeos. Gerión, dueño de los bueyes robados a Hércules, sería el rey de una imperio ganadero que se extendería por las marismas del Guadalquivir y las costas del golfo de Cádiz.




Por otro lado, Gargoris y Habis, representan la aportación oriental; y, como reyes inventores y civilizadores, aportan la apicultura (Gargoris), la agricultura, las leyes escritas, la urbanidad y la división clasista (Habis). Este último reinado coincidiría con las primeras relaciones comerciales con los fenicios, que vinieron a reforzar estas líneas civilizadoras y el poder monárquico.




Los perfiles míticos de estos reinos toman aspecto histórico con el rey Argantonio (630-550 a.C.), generoso protector de fenicios y focenses. Su pacifismo y longevidad cimentaron el esplendor máximo de Tartessos. Los pactos suscritos por Argantonio con diversos pueblos interesados en los metales de Tartessos pudieron perseguir el fomento de la competencia y en última instancia engrandecer las riquezas de su país.

Mientras esto ocurría en la costa, en el interior persistían multitud de regimenes señoriales. Durante el esplendoroso reinado de Argantonio estos reyezuelos o reguli firmarían alianzas con Tartessos y acabarían dependiendo de este reino. La consolidación y pacificación de la monarquía tartessica permitiría la expansión comercial fenicia. Pero tras Argantonio, la organización recaerá en los jefes militares o reyezuelos que dominan territorios de distinta dimensión y también un variable número de ciudades.

Es posible que la derrota griega en Alalia, frente a Cartago (535 a.C.) y el posterior cambio de influencias del Mediterráneo occidental en manos de los cartagineses originase la disgregación de la peculiar monarquía tartésica. Pero lejos de pensar en una invasión cartaginesa, las causas apuntan a las mutaciones en el sistema de intercambio creado por Tiro y destrozado en el siglo VI a.C. por el nuevo imperio babilónico de Nabucodonosor. La ruptura de las relaciones de Tiro con el Occidente mediterráneo produjo un desorden comercial en este mar. Tartessos sería la que encajaría peor el golpe producido por la crisis de los mercados del metal.

Fuente: Historia de España. De Tartessos al siglo XXI. - José Nieto